Historia del Valle de Casablanca: de secano a capital del vino blanco
Cuesta imaginarlo hoy, recorriendo sus hileras de parras, pero hace apenas unas décadas el Valle de Casablanca no tenía viñas. Era campo de secano, tierra de cultivos tradicionales y ganado. La transformación de ese paisaje en uno de los grandes valles del vino blanco chileno es una de las historias más rápidas y llamativas de la vitivinicultura del país. Vale la pena conocerla: explica por qué el valle es como es y qué se está bebiendo al catar sus vinos.
Un valle sin viñas
Hasta la década de 1980, la vitivinicultura chilena tenía un mapa bastante fijo. Las grandes zonas estaban en los valles cálidos del interior —Maipo, Rapel, Maule—, ideales para los tintos potentes que Chile exportaba con éxito. La costa, con su clima frío y su niebla, se consideraba poco apta para la vid: demasiado fresca, demasiado húmeda, demasiado arriesgada.
Casablanca era parte de ese territorio ignorado por el vino. Situado entre Santiago y el litoral, era un valle agrícola de secano, sin viñedos de importancia. Nada anunciaba que en pocos años se convertiría en sinónimo de vino blanco de calidad.
La apuesta por el frío
El cambio llegó de la mano de una idea a contracorriente: que el clima frío costero, lejos de ser un obstáculo, podía ser una ventaja para ciertos vinos. La figura más asociada a ese giro es el enólogo Pablo Morandé, a quien se atribuye haber plantado las primeras vides serias de Sauvignon Blanc en Casablanca en los años ochenta.
La apuesta era audaz. Plantar blancos de clima frío junto a la costa, cuando toda la industria miraba hacia los valles cálidos, parecía una excentricidad. Pero funcionó: los vinos que salieron de esas primeras parras mostraron una frescura, una acidez y una nitidez aromática que los blancos chilenos rara vez alcanzaban. El experimento demostró que el frío podía traducirse en calidad, y el éxito atrajo a otras viñas al valle.
De experimento a denominación
Lo que siguió fue una expansión veloz. En pocas décadas, Casablanca pasó de no tener viñas a llenarse de bodegas, muchas de ellas enfocadas en los blancos que le dieron fama —Sauvignon Blanc y Chardonnay— y, más tarde, en tintos de clima frío como el Pinot Noir y en espumantes. El valle se consolidó como Denominación de Origen, un sello que en la etiqueta garantiza el origen de la uva y remite a un estilo reconocible: vinos costeros, frescos, de acidez marcada.
Ese ascenso convirtió a Casablanca en una puerta de entrada al vino chileno de clima frío y en un modelo que otras zonas costeras del país siguieron después. La historia del valle es, en buena medida, la historia de cómo Chile descubrió su costa para el vino.
La historia que todavía se puede visitar
Lo interesante es que buena parte de esta historia sigue viva y visitable. El propio Pablo Morandé mantiene en el valle un proyecto personal, Bodegas RE, donde recupera métodos antiguos de elaboración —las tinajas de barro, las crianzas largas— en una especie de diálogo entre el pionero que modernizó el valle y las tradiciones que lo precedieron. Recorrer sus tinajas es asomarse a las dos puntas de esa historia.
Las grandes casas de la entrada del valle, como Veramonte, y las viñas premiadas por sus blancos, como Casas del Bosque, muestran el resultado maduro de aquella apuesta inicial. Y las pequeñas bodegas boutique y naturales que hoy pueblan el valle son la última capa de una historia que no ha dejado de escribirse.
Por qué importa al visitar
Conocer esta historia cambia la forma de catar. Al probar un Sauvignon Blanc de Casablanca, uno no solo bebe un vino fresco: bebe el resultado de una apuesta que redefinió el mapa del vino chileno. La acidez viva, la nitidez aromática, el sello costero —todo eso que hace reconocible al valle— es la firma de una decisión tomada hace pocas décadas contra la corriente de su tiempo.
Para planificar una visita que recorra esa historia, desde los pioneros hasta las bodegas más nuevas, la guía de tour del vino y el directorio de viñas ayudan a trazar el recorrido. Pocas rutas del vino permiten ver, en un mismo día, el antes y el después de una transformación tan reciente y tan completa.